Recientemente hemos asistido, de
forma metafórica, a la coronación de Felipe VI. Es decir, hemos vivido un evento
que aparecerá en los libros de historia, el cambio de un rey por otro en un
momento lleno de polémicas y dudas, con una crisis económica y de valores, en
un panorama plagado de corrupción tanto en la propia casa real como en el resto
de organismos de gobierno. Un momento que se leerá en los libros del futuro con
la misma gravedad que el matrimonio de los Reyes Católicos y que puede traer
consecuencias tan relevantes como este. Un evento de interés extraordinario en
el que los medios, tan acertados como siempre, centraron su atención en los modelitos
de la futura reina. No entraré en calificar el trabajo de estos, que, en
resumen, resulta triste y pobre. Resulta más interesante la inmensa y penosa
multitud ávida de historias sin fondo que se mantenía, en ese momento, frente
al televisor. Historias cuyo único fin es relajar la mente y atontar al
espectador.
Se
llama storytelling al arte de contar
historias que apelen a la emoción y evitar así que la razón entre en juego. Se
utiliza en publicidad para atraer al comprador, y en este caso, en un sistema
capitalista, no parece del todo ilegítimo. Mi preocupación nace de su
aplicación a la política. Un campo en el que las decisiones marcan el rumbo de
nuestra vida y en el que, desgraciadamente, hay un inmenso número de
despreocupados y desinformados participantes. El storytelling y las técnicas de comunicación convierten la política
en un juego de marcas, donde se desvía la razón y se apela al sinsentido
emocional humano en un área cuyo funcionamiento debe estar marcado por la
lógica.
Comprar
una Tablet con el logotipo de una manzana mordida porque representa elegancia,
calidad o exclusividad no hace daño a nadie, pues al final, son valores que
nosotros mismos concedemos a la marca, y por ello se hacen reales. Votar, sin
embargo, a un partido por su logotipo, sus colores, su heroico y guapo líder o
por las emotivas historias que cuenta puede alzar en el poder a incompetentes,
ladrones o fanáticos. Que importe más el modelito o la presencia de la reina
que el hecho histórico y sus posibles consecuencias puede abocarnos al
desastre. Y, no lo olviden, fueron los devoradores de historias los que alzaron
a Hitler al poder.
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