Tras los terroríficos
atentados de estos días en París, muchos son los que han comenzado a utilizar
en sus perfiles de Facebook un filtro de la bandera francesa sobre su habitual
foto de perfil. Y como siempre en estos casos, al menos en España, han surgido
dos bandos: los solidarios y los críticos con los solidarios -que no necesariamente
insolidarios-. Los primeros encuentran una forma sencilla y rápida de expresar
sus condolencias y los segundos se preguntan por qué no se ven también banderitas
de Líbano o Siria, o cualquier otro país que se encuentre en una situación
generalmente peor que la vista en París. Desde los críticos con esta iniciativa se
argumenta que esta no es más que el clásico “borreguismo” de las gentes que se
dejan llevar por el marketing –tan oportunamente desplegado- de Facebook, y
expresan su incomprensión frente al inmovilismo con los otros conflictos que a
todas luces son mayores y duraderos. Y no van desencaminados pero, creo que, al
final, pecan de excesivamente críticos.
En primer
lugar, es totalmente natural que un español se preocupe más por lo acontecido
en un país vecino que por lo que sucede en lugares que ni sabría situar en un
mapa. Es normal que se preocupe más por gentes que medianamente conoce que de gentes
de las que apenas se oye hablar en las erráticas informaciones de nuestros
medios. Es muy probable que millares de españoles hayan marchado prestos a
escribir a sus amigos en París tras escuchar la noticia y hayan recibido
información de primera mano de estos, que además habrán transmitido sus miedos.
Y el miedo de boca de un amigo es mucho más fácil de entender que el de
confusas fotografías de los noticiarios. Por esto, entiendo, es totalmente
natural que para Francia haya banderita en España, y para otros países en peor
situación no, porque el vínculo emocional es mayor.
En segundo
lugar, este de la banderita es un gesto de unidad, a mi parecer, completamente
sano. Un gesto que simboliza que podemos eliminar fronteras al menos en el
aspecto del terrorismo, una forma de decir que estamos juntos en esto, que
Europa o el mundo occidental puede estar terriblemente fragmentado en sus
ideas, que puede ser individualista y asquerosamente capitalista, pero que
podemos ponernos de acuerdo en algunas materias, como en la más importante: no
queremos violencia.
Desde luego no
seré yo quien defienda que no existe hipocresía en el mundo, ni diré que lo que
ocurre no es culpa de nuestro inmovilismo y de nuestra desinformación, de
nuestros paralíticos gobiernos que solo asienten con la cabeza cuando EE.UU. pregunta
si puede mandar expedición petrolera, ni diré que no somos esclavos de
Facebook, Twitter, etc. Pero si diré que este no es un gesto exclusivamente
borrego, y que el “criticonismo” barato de hoy día es tan borrego e inútil como
el borreguismo sencillo. Y posiblemente más peligroso, pues es susceptible de
ser tomado en serio.
El mundo
necesita unirse para acabar con los problemas de Siria y Líbano, para acabar
con el hambre en África y todos aquellos problemas que desconocemos de más allá
del horizonte. Pero tal vez deberíamos empezar por solucionar los problemas de
nuestra manzana, para poder ayudar a resolver los de la manzana de al lado. El
mundo entero debe unirse, pero la unión tiene que empezar en algún lugar y París,
quizás, sea un buen sitio.