Primero
tuvieron que romperse los tejidos. Y no fue cosa fácil. Pero finalmente, y
sufriendo un dolor inhumano, las células se separaron quedando desordenadas y
confusas, moviéndose hacia adelante y hacia atrás sin tener demasiado claro el
siguiente paso. Entonces, sin saber muy bien de dónde, llegó la orden de
ascender, y como si hubieran ensayado durante toda su vida para aquello, las células
comenzaron la escalada.
Con fluidez
esquivaron la vesícula y, no sin mucho esfuerzo, saltaron por encima del hígado
que se alzaba escarpado y pegajoso. Pero para su desconsuelo se toparon con
nuevos obstáculos. Desde lo alto del diafragma pudieron ver un denso y ruidoso
mar morado que se hinchaba y deshinchaba periódicamente, como intentando incesantemente
escapar. Pero su escrupuloso y diligente captor no parecía ni ligeramente
importunado y extendía sus huesudos brazos sobre ese océano purpura, conteniéndolo,
imperturbable. El poderoso Esternón y sus duras Costillas.
Por fortuna su
camino no pasaba por allí. Ahora la marcha tornaba hacia las profundidades, al
otro lado de los pulmones, y para ello deberían bucear sus viscosas aguas. El
último de los obstáculos. Y así lo hicieron, no sin algunas pérdidas, por
supuesto, y no sin cambiar para siempre, dejando atrás lo que un día fueron…
pero su destino les aguardaba y casi no tuvieron tiempo de darse cuenta.
Ante ellas se
alzaba imponentemente el órgano rey, rojo y palpitante, esforzado e incansable.
Por unos segundos admiraron aquella poderosa imagen, incrédulas, pensando si no
sería aquello una visión provocada por los esfuerzos del viaje. Y tras los
segundos de dudas se miraron unas a otras y se sonrieron, y entendieron que
ahora debían hacer lo que habían venido a hacer. Y se lanzaron hacia él. Y con
toda la fuerza que había dentro de estos seres microscópicos, que no era poca,
se fundieron en un incomparable abrazo.
Entonces el
corazón se paró y todo pareció teñirse de gris. Las recién llegadas
redoblaron sus esfuerzos y, tras aquellos segundos de sorpresa, las atónitas células
nativas se dieron cuenta de lo que había pasado. Y todas a una dieron
el primer envite, aurículas y ventrículos multiplicaron sus fuerzas y la
maquinaria se sintió en ese momento capaz de todo. Y así, aquellas células aventureras,
siendo ahora conciencias diluidas en aquel fabuloso tejido, sonrieron
discretamente, habían logrado lo imposible. Habían hecho de tripas corazón.