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domingo, 10 de noviembre de 2013

La ladera

Cara inmaculada. Y eso que venía de despeñarse por todas las rocas de la ladera. Llevaban horas corriendo, ella no sabía a dónde, y él, en línea recta hacia ella. La loca carrera en la que participaban les había llevado hasta la montaña, y la habían subido sin detenerse ni un segundo, sin bajar el ritmo. El corazón en el pecho de él habría reventado si le perteneciera, y, aun cuando todos los músculos del cuerpo amenazaban con romperse, corría tras la estela que el vestido blanco de ella dejaba. Olía a dulzura y abandono. Le embriagaba. Y corría.

La había visto tropezar y rodar por el suelo, golpearse la cara con ramas de los pinos, había encontrado jirones de su vestido enganchados al tronco de un árbol. Pero ella seguía corriendo, y él no iba a parar; no pensó en rendirse ni un segundo, pese a todas las alertas de su cuerpo no pensó en detenerse, no hubo momento en el que desfalleciera su alma… hasta que desapareció.

¡Solo había cerrado los ojos un segundo! Su corazón paró, los pulmones dejaron de filtrar aire, la brisa no arrancaba estímulo alguno de su piel, sus oídos se apagaron y un zumbido llenó su cráneo; solo sus ojos continuaban con su trabajo, buscándola. En su desesperación, no se dio cuenta de que su mirada se oscurecía hasta que dejó por completo de ver, y entonces todo el peso del mundo se volcó sobre su espalda.

Sin energía ni destino, las piernas desfallecieron, y él fue a dar de bruces contra el suelo. Notó que se había roto la nariz cuando la sangre ya llegaba casi al pecho. Y pensó en ella, y en que era mejor morir que no volver a verla. La perspectiva de una vida sin ella le asustaba más que la mismísima muerte. Y una mano le tocó el hombro y el corazón volvió a bombear. Y él abrió los ojos, encandilados por cambiar la más densa de las oscuridades por la más potente de las luces.

Y la vio.

Hermosa. Resplandeciente. Única. Con la cara inmaculada. Y eso que venía de despeñarse por todas las rocas de la ladera.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Gris, color de Historia

Fantasmales brigadas de las SS aún caminaban por entre la etérea neblina de Cracovia, dejando un rastro de barro sobre la capa de nieve que arropaba el frio suelo. Siguiendo esta estela caminaba la gente fría -aunque afable- que puebla Polonia, con prisa, casi con miedo. La sensación invasiva de estar en la trinchera, jadeando tras la batalla, era inevitable, las calles estaban salpicadas de un gris de tristeza y miedo, las paredes del barrio judío parecían llorar al hacer memoria de todo lo que habían sido testigos… 

No me malinterpreten, tanto la ciudad como sus habitantes permiten y aman la alegría, cuentan chistes, ríen, besan, beben –vodzka esencialmente- y resultan gratamente agradables, personas educadas que viven entre dos tierras, punto de encuentro de la cultura y la guerra. Pero uno no puede deshacerse nunca de la congoja que produce el torrente histórico de Cracovia. Todo a la vista evoca imágenes en nuestra mente, todo recuerda a la prodigiosa película de Spielberg, no es posible evitar ver cómo la ciudad se hace enorme a tu alrededor, como un imponente druida repleto de saber e historias que contar. Una ciudad que recuerda y calla, tal y como callaba la mayor parte de la ciudadanía, ajena a las reivindicaciones de su ancianos, que protestaban contra la bajada de las pensiones en Rynek, con una escolta policial mayor en número que el de los integrantes de la manifestación. Rynek Główny –Plaza del mercado- es el centro neurálgico de una ciudad que además de acongojar el alma también sabe reconfortarla, con gastronomía peculiar como el Pierogi –unos ravioli grandes y fritos que pueden estar rellenos de carne, queso, col, patata…- con los extraordinariamente bajos precios de la vida en general, y con un variado y maravilloso ocio nocturno que, para algunas guías, resulta el mejor de todo el país. 

Cracovia es la Barcelona polaca, así que pueden esperar encontrar de todo, desde las clásicas cadenas de comida rápida hasta lo que bien podría ser el pantumaca de los polacos, el zapiekanka, un pan-pizza que destaca por ser enorme y, desde luego, muy económico. Entre otros lugares de los que disfruté me gustaría mencionar las cafeterías judías, con tanta personalidad como historia tiene la ciudad. Paraíso de universitarios, parejas, y familias, en Cracovia hay de sobra para satisfacer cualquier necesidad, locales de ocio de diferentes estilos y con horarios hasta el amanecer, hostales que ofrecen muy buenas habitaciones a bajo precio, importantes y atractivos lugares que visitar, enormes parques por los que pasear o dejar a los niños jugar con la nieve –por supuesto solo en un invierno que alcanza los 20º bajo cero-, es divertida, cultural e infinitamente hermosa. La ciudad cuenta con gran cantidad de magia, que puedes experimentar en el verde –o blanco- camino  junto al río Vístula, dónde incluso cruzarás tus pasos con los de un dragón que escupe fuego periódicamente.

La actividad cracoviana se reparte entre las veinticuatro horas del reloj, pero cabe destacar que su horario dista mucho del nuestro. Al más puro estilo Británico –a decir verdad solo Italia y España mantenemos el horario de las horas tardes en Europa- los Polacos comen y cenan más temprano, y tanto los restaurantes –no todos- cómo los monumentos o museos cierran más temprano. Por lo tanto, será mejor que aprovechemos el brillo matinal de la ciudad para los menesteres más estrictos de horario y dejemos el paseo simbiótico para el atardecer, cuando la ciudad parece estar más despierta.

Cracovia es una ciudad que regula el Ying y el Yang del alma, una ciudad en la que se siente cada segundo y mientras, suena un violín o un acordeón de fondo y las paredes de majestuosos lugares –la catedral y el castillo de Wawel, el barrio Judío, la fábrica de Schindler o el cementerio judío- cuentan las más bellas y las más terribles historias. Por supuesto también está Auschwitz, pero Auschwitz es otro lugar.