Cara inmaculada. Y eso que venía de despeñarse por todas las rocas de la
ladera. Llevaban horas corriendo, ella no sabía a dónde, y él, en línea recta
hacia ella. La loca carrera en la que participaban les había llevado hasta la
montaña, y la habían subido sin detenerse ni un segundo, sin bajar el ritmo. El
corazón en el pecho de él habría reventado si le perteneciera, y, aun cuando
todos los músculos del cuerpo amenazaban con romperse, corría tras la estela
que el vestido blanco de ella dejaba. Olía a dulzura y abandono. Le embriagaba.
Y corría.
La había visto
tropezar y rodar por el suelo, golpearse la cara con ramas de los pinos, había
encontrado jirones de su vestido enganchados al tronco de un árbol. Pero ella
seguía corriendo, y él no iba a parar; no pensó en rendirse ni un segundo, pese
a todas las alertas de su cuerpo no pensó en detenerse, no hubo momento en el
que desfalleciera su alma… hasta que desapareció.
¡Solo había
cerrado los ojos un segundo! Su corazón paró, los pulmones dejaron de filtrar
aire, la brisa no arrancaba estímulo alguno de su piel, sus oídos se apagaron y
un zumbido llenó su cráneo; solo sus ojos continuaban con su trabajo, buscándola.
En su desesperación, no se dio cuenta de que su mirada se oscurecía hasta que
dejó por completo de ver, y entonces todo el peso del mundo se volcó sobre su
espalda.
Sin energía ni
destino, las piernas desfallecieron, y él fue a dar de bruces contra el suelo.
Notó que se había roto la nariz cuando la sangre ya llegaba casi al pecho. Y
pensó en ella, y en que era mejor morir que no volver a verla. La perspectiva
de una vida sin ella le asustaba más que la mismísima muerte. Y una mano le
tocó el hombro y el corazón volvió a bombear. Y él abrió los ojos, encandilados
por cambiar la más densa de las oscuridades por la más potente de las luces.
Y la vio.
Hermosa.
Resplandeciente. Única. Con la cara inmaculada. Y eso que venía de despeñarse
por todas las rocas de la ladera.
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