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jueves, 13 de octubre de 2016

Dios y el calcetín rojo


La habitación estaba hecha un desastre. Todos los cajones estaban abiertos y las distintas prendas de vestir estaban esparcidas sobre la cama y el suelo, unos calzoncillos de dudosa pulcritud colgaban del flexo del escritorio y sobre una de las patas de la silla, tumbada violentamente sobre el suelo, descansaba una sotana con ribetes dorados. La hermana Imara se recolocó con el dedo corazón las gafas y pidió ayuda a los santos mientras miraba el panorama desde la puerta de la habitación, pues era a ella a la que le tocaba limpiar aquel desastre. La hermana Imara no lo sabía, pero el Padre Macabeo había encontrado a Dios en aquella habitación.

Un par de semanas antes de que denunciaran su locura, ninguna de las hermanas de la parroquia se habría imaginado que el excelso y carismático Padre Macabeo habría tenido que ser destituido y llevado a un centro psiquiátrico. De hecho era respetado por religiosos y estudiosos de todos los lugares por sus estudios teológicos que, en una ocasión, le habían hecho ganarse la enhorabuena del mismísimo Papa. Pero todo cambió una mañana en la que nada era diferente. El padre Macabeo se despertó temprano, como era habitual, se arrodilló y murmuró sus oraciones al pie de la cama; desayunó un café, solo en todos los sentidos; y se vistió, preparándose para la pronta eucaristía del medio día. Estaba cerrando el cajón de los calcetines cuando uno de estos, rojo, llamó su atención. Él sabía bien que no tenía calcetines rojos, por eso no tardó en asociar aquella extraña aparición con otra aún más interesante que se dio tras de sí. Todos lo tacharían más tarde de loco, pero su único error fue no saber describir lo que vio, pues no es de extrañar que sea Dios de difícil definición.

Así, al padre Macabeo se le fue yendo la cabeza más a ese plano que a este, y eso hizo que todos tuvieran terribles dificultades para entenderlo. A veces gritaba por los pasillos eufórico y otras callaba todo el día, incluso durante la eucaristía, donde todo el mundo atónito lo contemplaba abrirse de brazos en actitud de veneración. Había tratado de explicárselo a compañeros teólogos y a algunas hermanas pero siempre acababa gritando, increpándoles por no entender o tirándose de los pelos por no saber explicarse. Y a todas estas extrañas actitudes había que añadirle el hecho de que cargara, continua y permanentemente, con un calcetín rojo. Así, cuando las hermanas acordaron que aquello era definitivamente locura y así informaron al  obispo de la diócesis, decidieron que hasta que se actuara, al menos tendrían la piedad de evitarle la vergüenza de continuar cargando con aquel calcetín rojo, cada día más mugriento. De manera que entraron en silencio por la noche y robaron y quemaron la mencionada prenda.

De esta forma, el padre Macabeo despertó al día siguiente y fue a buscar el calcetín, que evidentemente no estaba, desordenando la habitación hasta los niveles más insospechables. Gritó maldiciendo su suerte y preguntó al cielo por qué le había abandonado. Y en esas lo encontraron los enfermeros del hospital psiquiátrico, gritando y buscando el calcetín rojo. El padre Macabeo nunca más vio a Dios y, según se cuenta, a nadie le importó.

jueves, 28 de abril de 2016

El secreto de la Mancha


En una de mis múltiples visitas a Rabat, quiso la buena ventura que, entre otras muchas amistades, conociera al elocuente y refinado Mohamed Mufîd Benengeli. Desde el principio, Mohamed ya quiso hacer mucho hincapié en su ascendencia española, manchega más concretamente, y yo, por mi parte, quise entenderlo como un simple gesto social de acercamiento. Por otro lado, claro está, la primera vez que escuché su nombre, apenas pude entender la primera de las tres partes por lo que tuvo que pasar un cierto tiempo hasta que yo reparase siquiera en la forma de las dos del final.
Así fue que, cuando un día me detuve en el segundo nombre o apellido —perdónese mi ignorancia pero nunca me aventuré a preguntar cuál de las dos era— no pude evitar sonreírme al asociarlo directamente a la obra magna del castellano, donde de continuo se hace referencia a otro Benengeli, Cide Hamete. Así le comenté a mi amigo Mohamed, que en ese momento achinaba sus ojos ambarinos, amorrado a su cachimba y asintiendo amablemente en señal de atención, lo gracioso de la idea de que ambos pudieran ser familia. Mohamed rio divertido por mi ocurrencia, inundó de humo el pequeño salón en el que nos encontrábamos y se puso en pie pidiéndome que le siguiera.
Me llevó al sótano-biblioteca de su blanca casita costera, donde en otras ocasiones ya había estado yo seleccionando algún título que pedirle prestado, pero esta vez el manchego-marroquí fue directo a un armarito de mínimas proporciones que abrió con una llave que llevaba colgada al cuello y en la que, por cierto, nunca yo había reparado. Mohamed extrajo de allí un libro de encuadernación muy nueva y lo puso en mis manos. Rezaba en la portada algo en árabe que no entendí y que él más tarde me tradujo, y al abrirlo descubrí que, si bien la encuadernación era nueva, las páginas no podían menos que ser de piel de oveja, pues estaban duras y arrugadas y por supuesto parecían viejas, viejísimas. Eran los manuscritos del otro Benengeli, a los que tantas veces se había referido Cervantes en su historia y al que todos creían imaginario.
Así, de vuelta ya en España y con la cabeza hundida en un mar de confusión, opté por no decir nada y no desvelar el flagrante secreto que yo había descubierto. ¡El más importante pilar de nuestra cultura se vendría abajo! Pero el peso del silencio me atormentó durante meses y las repetidas noches maldormidas acrecentaron mi irritabilidad. Entonces decidí que tenía que ponerle remedio antes de que aquello acabara conmigo y, como el que peregrina a Santiago o a La Meca, puse rumbo a la Mancha.
Quiso el momento histórico que el coche me permitiera una pronta llegada a mi destino, el cual, por motivos de inseguridad, había elegido al azar, pues yo quería ver los molinos que viera en su momento el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, y pocos o nadie saben a ciencia cierta cuáles son. Y de esta forma llegué al Campo de Criptana.
Mientras dirigía mis pasos desde el aparcamiento a los molinos, cabizbajo y cansado, mi cerebro no podía dejar de pensar con qué me iba a encontrar y, pasito a pasito, comencé a notar el peso de las grebas y la armadura, e incluso mi torso se inclinó hacia el lado por el imaginario peso de una lanza en ristre. Ya cerca de los molinos y en la cúspide de un trance inducido por la locura de un secreto guardado, hasta a Sancho Panza veía a mi lado. Y de esa forma vi al primero de ellos, un gigante tan formidable que el corazón se me hizo un nudo y dio tres vueltas, haciéndome casi dejar caer mi lanza. Sancho Panza a mi lado gritaba y gesticulaba pero el impresionante sonido del agresivo movimiento de los brazos del gigante me impedía oírle. Y entonces recordé que yo era Don Quijote de la Mancha, ordenado caballero y azote de malvados y rufianes, y con las tripas hechas corazón me lancé contra aquel gigante con tanta furia y tanta fuerza que lo hice derrumbarse. Aquella enormidad malvada se vino abajo con el mismo estruendo que una avalancha de rocas; y entonces, igual que aquel gigante, mi trance se rompió. Sancho Panza había desaparecido y yo sujetaba en mi mano una enorme vara de hierro cuyo peso hacía tambalearme y cuyo frío metálico me escalaba por el brazo hasta el hombro y el pecho y se mezclaba con un dolor punzante. Oí a alguien gritar y mentar a mi progenitora en la distancia.
Horas después, me vi en la comisaría acusado de atentar contra la propiedad pública y el patrimonio de la humanidad. El agente repetía una y otra vez la misma pregunta: “¿está usted loco?”. Yo, por mi parte, no podía dejar de pensar que el malvado Frestón había vuelto a salirse con la suya.
 

miércoles, 17 de febrero de 2016

Ellas contra todo

Primero tuvieron que romperse los tejidos. Y no fue cosa fácil. Pero finalmente, y sufriendo un dolor inhumano, las células se separaron quedando desordenadas y confusas, moviéndose hacia adelante y hacia atrás sin tener demasiado claro el siguiente paso. Entonces, sin saber muy bien de dónde, llegó la orden de ascender, y como si hubieran ensayado durante toda su vida para aquello, las células comenzaron la escalada.
Con fluidez esquivaron la vesícula y, no sin mucho esfuerzo, saltaron por encima del hígado que se alzaba escarpado y pegajoso. Pero para su desconsuelo se toparon con nuevos obstáculos. Desde lo alto del diafragma pudieron ver un denso y ruidoso mar morado que se hinchaba y deshinchaba periódicamente, como intentando incesantemente escapar. Pero su escrupuloso y diligente captor no parecía ni ligeramente importunado y extendía sus huesudos brazos sobre ese océano purpura, conteniéndolo, imperturbable. El poderoso Esternón y sus duras Costillas.
Por fortuna su camino no pasaba por allí. Ahora la marcha tornaba hacia las profundidades, al otro lado de los pulmones, y para ello deberían bucear sus viscosas aguas. El último de los obstáculos. Y así lo hicieron, no sin algunas pérdidas, por supuesto, y no sin cambiar para siempre, dejando atrás lo que un día fueron… pero su destino les aguardaba y casi no tuvieron tiempo de darse cuenta.
Ante ellas se alzaba imponentemente el órgano rey, rojo y palpitante, esforzado e incansable. Por unos segundos admiraron aquella poderosa imagen, incrédulas, pensando si no sería aquello una visión provocada por los esfuerzos del viaje. Y tras los segundos de dudas se miraron unas a otras y se sonrieron, y entendieron que ahora debían hacer lo que habían venido a hacer. Y se lanzaron hacia él. Y con toda la fuerza que había dentro de estos seres microscópicos, que no era poca, se fundieron en un incomparable abrazo.
Entonces el corazón se paró y todo pareció teñirse de gris. Las recién llegadas redoblaron sus esfuerzos y, tras aquellos segundos de sorpresa, las atónitas células nativas se dieron cuenta de lo que había pasado. Y todas a una dieron el primer envite, aurículas y ventrículos multiplicaron sus fuerzas y la maquinaria se sintió en ese momento capaz de todo. Y así, aquellas células aventureras, siendo ahora conciencias diluidas en aquel fabuloso tejido, sonrieron discretamente, habían logrado lo imposible. Habían hecho de tripas corazón.