En
una de mis múltiples visitas a Rabat, quiso la buena ventura que, entre otras
muchas amistades, conociera al elocuente y refinado Mohamed Mufîd Benengeli.
Desde el principio, Mohamed ya quiso hacer mucho hincapié en su ascendencia española,
manchega más concretamente, y yo, por mi parte, quise entenderlo como un simple
gesto social de acercamiento. Por otro lado, claro está, la primera vez que escuché
su nombre, apenas pude entender la primera de las tres partes por lo que tuvo que
pasar un cierto tiempo hasta que yo reparase siquiera en la forma de las dos
del final.
Así
fue que, cuando un día me detuve en el segundo nombre o apellido —perdónese mi
ignorancia pero nunca me aventuré a preguntar cuál de las dos era— no pude
evitar sonreírme al asociarlo directamente a la obra magna del castellano, donde
de continuo se hace referencia a otro Benengeli, Cide Hamete. Así le comenté a
mi amigo Mohamed, que en ese momento achinaba sus ojos ambarinos, amorrado a su
cachimba y asintiendo amablemente en señal de atención, lo gracioso de la idea
de que ambos pudieran ser familia. Mohamed rio divertido por mi ocurrencia,
inundó de humo el pequeño salón en el que nos encontrábamos y se puso en pie
pidiéndome que le siguiera.
Me
llevó al sótano-biblioteca de su blanca casita costera, donde en otras
ocasiones ya había estado yo seleccionando algún título que pedirle prestado,
pero esta vez el manchego-marroquí fue directo a un armarito de mínimas
proporciones que abrió con una llave que llevaba colgada al cuello y en la que,
por cierto, nunca yo había reparado. Mohamed extrajo de allí un libro de
encuadernación muy nueva y lo puso en mis manos. Rezaba en la portada algo en
árabe que no entendí y que él más tarde me tradujo, y al abrirlo descubrí que,
si bien la encuadernación era nueva, las páginas no podían menos que ser de piel
de oveja, pues estaban duras y arrugadas y por supuesto parecían viejas,
viejísimas. Eran los manuscritos del otro Benengeli, a los que tantas veces se
había referido Cervantes en su historia y al que todos creían imaginario.
Así,
de vuelta ya en España y con la cabeza hundida en un mar de confusión, opté por
no decir nada y no desvelar el flagrante secreto que yo había descubierto. ¡El
más importante pilar de nuestra cultura se vendría abajo! Pero el peso del
silencio me atormentó durante meses y las repetidas noches maldormidas acrecentaron
mi irritabilidad. Entonces decidí que tenía que ponerle remedio antes de que aquello
acabara conmigo y, como el que peregrina a Santiago o a La Meca, puse rumbo a
la Mancha.
Quiso
el momento histórico que el coche me permitiera una pronta llegada a mi
destino, el cual, por motivos de inseguridad, había elegido al azar, pues yo
quería ver los molinos que viera en su momento el ingenioso hidalgo don Quijote
de la Mancha, y pocos o nadie saben a ciencia cierta cuáles son. Y de esta
forma llegué al Campo de Criptana.
Mientras
dirigía mis pasos desde el aparcamiento a los molinos, cabizbajo y cansado, mi
cerebro no podía dejar de pensar con qué me iba a encontrar y, pasito a pasito,
comencé a notar el peso de las grebas y la armadura, e incluso mi torso se
inclinó hacia el lado por el imaginario peso de una lanza en ristre. Ya cerca
de los molinos y en la cúspide de un trance inducido por la locura de un
secreto guardado, hasta a Sancho Panza veía a mi lado. Y de esa forma vi al
primero de ellos, un gigante tan formidable que el corazón se me hizo un nudo y
dio tres vueltas, haciéndome casi dejar caer mi lanza. Sancho Panza a mi lado
gritaba y gesticulaba pero el impresionante sonido del agresivo movimiento de
los brazos del gigante me impedía oírle. Y entonces recordé que yo era Don
Quijote de la Mancha, ordenado caballero y azote de malvados y rufianes, y con
las tripas hechas corazón me lancé contra aquel gigante con tanta furia y tanta
fuerza que lo hice derrumbarse. Aquella enormidad malvada se vino abajo con el
mismo estruendo que una avalancha de rocas; y entonces, igual que aquel gigante,
mi trance se rompió. Sancho Panza había desaparecido y yo sujetaba en mi mano
una enorme vara de hierro cuyo peso hacía tambalearme y cuyo frío metálico me
escalaba por el brazo hasta el hombro y el pecho y se mezclaba con un dolor
punzante. Oí a alguien gritar y mentar a mi progenitora en la distancia.
Horas
después, me vi en la comisaría acusado de atentar contra la propiedad pública y
el patrimonio de la humanidad. El agente repetía una y otra vez la misma
pregunta: “¿está usted loco?”. Yo, por mi parte, no podía dejar de pensar que
el malvado Frestón había vuelto a salirse con la suya.
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