La habitación
estaba hecha un desastre. Todos los cajones estaban abiertos y las distintas
prendas de vestir estaban esparcidas sobre la cama y el suelo, unos
calzoncillos de dudosa pulcritud colgaban del flexo del escritorio y sobre una
de las patas de la silla, tumbada violentamente sobre el suelo, descansaba una
sotana con ribetes dorados. La hermana Imara se recolocó con el dedo corazón
las gafas y pidió ayuda a los santos mientras miraba el panorama desde la
puerta de la habitación, pues era a ella a la que le tocaba limpiar aquel
desastre. La hermana Imara no lo sabía, pero el Padre Macabeo había encontrado
a Dios en aquella habitación.
Un par de
semanas antes de que denunciaran su locura, ninguna de las hermanas de la
parroquia se habría imaginado que el excelso y carismático Padre Macabeo habría
tenido que ser destituido y llevado a un centro psiquiátrico. De hecho era
respetado por religiosos y estudiosos de todos los lugares por sus estudios
teológicos que, en una ocasión, le habían hecho ganarse la enhorabuena del
mismísimo Papa. Pero todo cambió una mañana en la que nada era diferente. El
padre Macabeo se despertó temprano, como era habitual, se arrodilló y murmuró
sus oraciones al pie de la cama; desayunó un café, solo en todos los sentidos;
y se vistió, preparándose para la pronta eucaristía del medio día. Estaba
cerrando el cajón de los calcetines cuando uno de estos, rojo, llamó su atención. Él sabía bien que no tenía calcetines rojos, por eso no tardó en
asociar aquella extraña aparición con otra aún más interesante que se dio tras
de sí. Todos lo tacharían más tarde de loco, pero su único error fue no saber
describir lo que vio, pues no es de extrañar que sea Dios de difícil
definición.
Así, al padre
Macabeo se le fue yendo la cabeza más a ese plano que a este, y eso hizo que
todos tuvieran terribles dificultades para entenderlo. A veces gritaba por los
pasillos eufórico y otras callaba todo el día, incluso durante la eucaristía,
donde todo el mundo atónito lo contemplaba abrirse de brazos en actitud de
veneración. Había tratado de explicárselo a compañeros teólogos y a algunas
hermanas pero siempre acababa gritando, increpándoles por no entender o
tirándose de los pelos por no saber explicarse. Y a todas estas extrañas actitudes
había que añadirle el hecho de que cargara, continua y permanentemente, con un
calcetín rojo. Así, cuando las hermanas acordaron que aquello era
definitivamente locura y así informaron al
obispo de la diócesis, decidieron que hasta que se actuara, al menos tendrían la piedad de evitarle la
vergüenza de continuar cargando con aquel calcetín rojo, cada día más
mugriento. De manera que entraron en silencio por la noche y robaron y quemaron
la mencionada prenda.
De esta forma,
el padre Macabeo despertó al día siguiente y fue a buscar el calcetín, que
evidentemente no estaba, desordenando la habitación hasta los niveles más
insospechables. Gritó maldiciendo su suerte y preguntó al cielo por qué le
había abandonado. Y en esas lo encontraron los enfermeros del hospital
psiquiátrico, gritando y buscando el calcetín rojo. El padre Macabeo nunca más
vio a Dios y, según se cuenta, a nadie le importó.
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