Rara vez se asomaba, pero cuando lo hacía sentía un profundo pánico a la abismal altura de sus sentimientos. Todo giraba a una velocidad frenética durante una milésima de segundo, tan rápido que no parecía girar; y sin embargo, sentía miedo. Cuando entraba en ese bucle de giro y pánico, hasta mirar hacia arriba le hacía temblar, y no sabía que hacer; todas las fobias a cosas reales se hacían corpóreas en el imaginario pozo de sus sentimientos. Por eso, tal y como he dicho, rara vez se asomaba.