No deseo más belleza
que la suya propia.
Es así, me da igual
cómo se vea mientras la que se vea sea ella,
no me importa su
olor mientras lo que se huela sea ella.
No le doy la menor
importancia al color de sus ojos ni de
su piel,
solo exijo que sean
los de ella.
Quiero verla entrar
por cada uno de mis cinco sentidos.
Quiero escucharla
abrir la puerta de mi alma.
Quiero oler su
perfume por entre las sendas de mi razón.
Saborearla en cada
palabra de mi boca.
Sentir su piel en
cada pensamiento.
Quiero saber que por
fin hay una inquilina
en la descuidada
suite de mis sentimientos.
Que la haga suya,
que nunca se marche.
Olvidar así, el olor
a cerrado del vacío
y el peso muerto
del aire viciado en
el alma.
Me gustarían enormes
sus alas,
para no molestarla
con mis torpes pasos de poeta,
y juntos, en la
cubierta de este transatlántico,
arrastrarlas,
extrañamente alegres,
polizontes rendidos
al destino,
ante la sórdida
mirada de los pasajeros.
Quiero navegar sobre
el agua cristalina,
alejándonos de la
bahía donde se mezcla con crudo.
Vivir la naturaleza
salvaje con el firme convencimiento
de que ella se
siente tan libre como yo,
y que la sombra de
los pinos sea la canción que suena
en la película que
desde el cielo hay alguien filmando.
Quiero su verso con
el mío, acompasados,
rimando asonante y
consonantemente.
Quiero que nuestro
drama sea inmenso,
que nos moje la
lluvia y nos caliente el fuego,
vivir las aventuras,
partidas y regresos,
llegar a la caverna
y vencer juntos al miedo,
y apoderarnos del
botín que guarda.
Sin embargo, daría
gustoso lo que fuera,
y dejaría a un lado
toda exigencia,
porque al tenerla
un día junto a mi
despertara, cálido y
poderoso,
un torrente en mis
profundidades
que diese a luz
una inexorable
necesidad
de volverla a ver.