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viernes, 12 de septiembre de 2014

Mala, perra y con ladillas


Y así es como uno empieza a tratar de puta a la vida. Despiertas un día con la sensación de no haber dormido desde hace diez años y, llegado el momento de volver a dormir, te maravilla la comodidad del colchón. El mismo en el que, pasadas las horas, abrirás los ojos preguntándote quién coño puede tener interés en apalearte mientras duermes. Y entonces te preguntas quién en su sano juicio puede considerar ético traer vida a este mundo. Joder, dichosos los que tienen la fortuna de morir.
Es de camino al trabajo cuando te das cuenta de que también los demás la llaman puta. Mentalmente, los más educados. Y aunque esporádicamente puedes encontrar alguna pareja que coquetea o se ríe... más les valdría morir súbitamente en el orgasmo. Yo daría todo porque así hubiera sido, antes de descubrirle las ladillas a esta historia. Pero ahí estas, sentado en el vagón junto al infeliz de turno que, como tú, aun espera que algo cambie. Que aún cree que tal vez más tarde pueda ser feliz. Y te preguntas por que no te habrás suicidado. Y te respondes lo de siempre: porque no he tenido cojones. Y bajas del vagón y entras al trabajo y te cruzas con más gente, y vuelves a pensar que el mayor acto de piedad sería matarlos pero, por si no fuera poco el miedo, también hemos creado leyes que nos mantengan como a Sísifo, en constante sufrimiento y sin escapatoria. Gracias a Dios no para toda la eternidad.
Y en estas tribulaciones voy cuando me calzo la bata blanca, me echo el fonendoscopio al cuello y comienzo otra jornada en el hospital.