Y así es como
uno empieza a tratar de puta a la vida. Despiertas un día con la sensación de
no haber dormido desde hace diez años y, llegado el momento de volver a dormir,
te maravilla la comodidad del colchón. El mismo en el que, pasadas las horas,
abrirás los ojos preguntándote quién coño puede tener interés en apalearte
mientras duermes. Y entonces te preguntas quién en su sano juicio puede
considerar ético traer vida a este mundo. Joder, dichosos los que tienen la
fortuna de morir.
Es de camino
al trabajo cuando te das cuenta de que también los demás la llaman puta.
Mentalmente, los más educados. Y aunque esporádicamente puedes encontrar alguna
pareja que coquetea o se ríe... más les valdría morir súbitamente en el
orgasmo. Yo daría todo porque así hubiera sido, antes de descubrirle las
ladillas a esta historia. Pero ahí estas, sentado en el vagón junto al infeliz
de turno que, como tú, aun espera que algo cambie. Que aún cree que tal vez más
tarde pueda ser feliz. Y te preguntas por que no te habrás suicidado. Y te respondes
lo de siempre: porque no he tenido cojones. Y bajas del vagón y entras al trabajo
y te cruzas con más gente, y vuelves a pensar que el mayor acto de piedad sería
matarlos pero, por si no fuera poco el miedo, también hemos creado leyes que
nos mantengan como a Sísifo, en constante sufrimiento y sin escapatoria. Gracias
a Dios no para toda la eternidad.
Y en estas
tribulaciones voy cuando me calzo la bata blanca, me echo el fonendoscopio al
cuello y comienzo otra jornada en el hospital.
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