La pradera
desembocaba en un pequeño caminito de apenas dos metros de ancho. Había
majestuosos pinos a ambos lados y, tras ellos, una suerte de fosa cenagosa que
rodeaba el bosque. Pareciera que la naturaleza se fortificaba allí esperando
detener el avance de la civilización. Seguí el trazado de la senda esquivando
los pequeños charcos formados en las pisadas de caballo. La banda sonora de
aquel lugar me hacía sentir vivo. La corteza húmeda de los árboles desprendía
un olor sencillo y sin pretensiones, ahora que el sol la calentaba. Los
distintos tonos de verde, salpicados por el barro e iluminados por el pródigo
astro ponían la vida en un curioso HD anticapitalista. Hay que ser Anarchy, me habían dicho una vez con acento rumano.
Fue un
célebre mendigo en la calle Trapería de Murcia, tirado junto con sus perros,
sus cartones y su tablet. Un amigo llevaba entonces una camiseta con la A
anarquista y aquel hombre quería hacer filosofía. Hay que ser Anarchy, no llevar Anarchy, dijo. ¡Hay que ser Anarchy! Aquel hombre me pareció en verdad anarquía
cuando volvió a sentarse a hacer sus cosas. Con su tablet.
Vi un
ciervo. Desde donde estaba, a un lado del camino, se veía la perfección del
arbolado muro del bosque. Y a los pies de este muro, en una isleta al borde de
la ciénaga donde el sol caía en poderosa cascada, había un ciervo. Era pequeño.
Era Bambi. Tuve el impulso de salir
corriendo para verlo de cerca, y decidí no reprimirlo. El bosque estaba
fortificado para aquello, para alejar lo antinatural. Corrí como lo hacen los
cazadores aborígenes. Los de las películas. Tratando de no quebrar ramitas para
no hacer ruido. El suelo era un manto de ramitas así que hice mucho ruido. Pero
el ciervo no huyó. Seguía sentado apaciblemente, tomando el sol. Yo, a unos
quince metros de él. Continué acercándome. Más despacio. Amortiguaba con las
rodillas el peso de mi cuerpo para evitar dar señales de mi llegada. Tuve otro
impulso y no lo pensé.
Saqué el
móvil y apreté el botón de grabar. Los colores, licuados, comenzaron a girar en
espiral hasta entrar por el embudo de la lente de la cámara. Allí todo era
pequeñito y plano, la cámara grababa en HD pero no podía distinguir el barro en
las briznas de hierba. Los charcos no se intuían bajo el manto de afiladas
hojas de pino. El olor a barro y a madera mojada no tenía representación
allí. El ciervo era apenas un conjunto inanimado de píxeles marrones. Había
entrado la civilización. Conmigo. Bambi giró la cabeza y se puso en pie, puede
que asustado. En dos saltos ya había salido de mi cámara.
Great!
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