Hoy la gente no parece preguntarse dónde están aquellos intelectuales del
pasado, los dignos de aparecer en los filmes de Woody Allen. Probablemente los
intelectuales le importan a la gente poco más que nada. Y es que tenía que ser
así, de lo contrario no habría forma racional de explicar la extinción de esta
especie sino por la falta de una metafórica progenie que se hiciera cargo de
agarrar la batuta. Los intelectuales de hoy, dicen, no son ni de lejos tan
comprometidos como los de ayer. No hay un Orwell que sacrifique su comodidad
por el compromiso con lo que pasa por su cabeza y baje a catar inanición a los
barrios más oscuros de Londres o París. Pero es que tampoco hay de esos que,
aun tratándose de aventureros aparentemente menos heroicos, también pusieron su
vida en riesgo por sus pensamientos, como Aldous Huxley y su viaje por la
realidad de las drogas alucinógenas en Las
puertas de la percepción.
Por otro lado, es posible que el mundo no esté tan mal, y es por ello que
estos cerebros del análisis de la realidad ya no se juegan la vida. Aunque también
dentro de ese antes de oro había genios que no se jugaron la vida como Ortega y
Gasset, que sin embargo gozó de extraordinario reconocimiento. En el sentido
contrario, Ignacio Echevarría escribía en su artículo Críticos y “comprometidos” sobre lo acomodada que resulta la
actitud de los que hoy se encuentran cerca de ostentar el título de
“intelectuales”. Que sí, que escribieron contra la injusticia, pero que
acabaron estrechando la mano de aquellos que criticaron en “premios amañados,
participando en comitivas oficiales, acudiendo a cenas con presidentes y
ministros”. Lo cierto es que, el simple hecho de que se ponga en entredicho el
compromiso de nuestros intelectuales, el simple hecho de no tener muy claro de
si aún existen o no, ponen de manifiesto la crisis que atraviesan. Existan aún,
o no.
Otra posibilidad es que tal vez no nos encontremos con la extinción del
intelectual, sino con su natural mutación histórica. En ese sentido, Álvaro
Delgado-Gal escribe un artículo que titula Los
intelectuales se pudren. Afirma que es una cuestión de contexto, un
contexto en el que la democracia no es “según lo soñaron los viejos
revolucionarios, sino en línea mucho más afín a las teorías del mercado:
sobresale más el que contenta a más consumidores”, y dónde el intelectual queda
relegado a ser figura de reliquiario “trasto y pelma”. Es decir, los intelectuales
ya no interesan como antes y de ahí que ya no existan.
Pero, ¿de verdad no existen los intelectuales? El diccionario dice en su
segunda acepción: “Que se dedica fundamentalmente a actividades o trabajos en
los que predomina el uso de la inteligencia”. En cuyo caso, y tomándolo al pie
de la letra, no sería descabellado responder que sí existen.
Por otro lado,
Sartre se aventuró a explicar lo que era un intelectual en una entrevista, y
dijo así: “En Europa estamos en una sociedad capitalista llena de
contradicciones […]. Primero hay que saber dónde se lo recluta [al
intelectual]. Se lo recluta en lo que podemos llamar el grupo de técnicos del
saber y del saber práctico; entendiéndose por eso los profesores, los
investigadores científicos, los ingenieros, los médicos, los escritores. Pero
este campo no es suficiente con hacer su trabajo para ser un intelectual. Un
intelectual aparece a partir del momento en que el ejercicio de este oficio
hace surgir una contradicción entre las leyes de ese trabajo y las leyes de la
estructura capitalista.” De esta forma, Sartre relaciona directamente al
intelectual con la política, dando por hecho incluso que la estructura
capitalista es el problema, que adquiere forma de eternidad en esta definición,
es decir, que es el mal contra el que siempre habrá de luchar el intelectual.
En este sentido es complejo encontrar una figura tal en el día de hoy, en un
mundo diluido y sin rumbo donde ya no hay grandes corrientes de pensamiento y,
precisamente ese enemigo del que habla Sartre, el capitalismo, se ha convertido
en el amigo de todos, en un sistema que, si bien sí se pide su regulación, se
ha convertido en incuestionable.
Otra definición
podría ser la del cubano Humberto Piñera Llera, profesor de filosofía: “el
intelectual es, pues, un ente extraño al medio, en rudo contraste con éste,
quien suele hostilizarle, por lo menos, con su indiferencia e incomprensión”. Una
definición que podría casar cómodamente con la de Sartre, si bien no señala a
la política como fundamento de la figura del intelectual. El alma atormentada
con todo, el defecto que mejora el sistema, el que se encuentra en constante
lucha con las injusticias del entorno. Podríamos entonces encontrar a unos
cuantos que, subjetivamente, cumplan con la definición.
Mi teoría es una especie de experimento psicológico o mental: cuando
usted leyó el título, tal vez sonrió alegremente pensando que por fin se
solucionarían sus dudas, o lo leyó extrañado y escéptico sin creer que pudiera
ser así. Y esa es la cuestión de fondo, la realidad, que al fin y al cabo,
existan o no los intelectuales, nadie sabe dónde están.
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