La casa olía a sal. El aire, húmedo, pesaba. Fueron seis días de lágrimas.
No existe descripción ni resumen que cuente el peso de cada segundo de esas horas. De horas que fueron días, de días que fueron purgatorio, Barzaj como lo llaman los islamistas: “las peores horas de la vida de un hombre” dijo Mahoma; y lo fueron en aquella casa palestina. Fueron horas, minutos y segundos, en los que las palabras se volvían cuchillas en la boca de quien les informaba de que su hijo había muerto.
A kilómetros de allí, un muchacho dejaba un calabozo egipcio en el que había ingresado por intentar pasar la frontera ilegalmente, y regresaba a su hogar. Cuando abrió la puerta descubrió que la casa olía a sal. Que el aire, húmedo, pesaba. Que, al verlo, una mujer se empañaba en lágrimas de felicidad.
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