Sonaba un Vals en el local, pero
la ambientación era japonesa, estaban en Berlín y ellos no eran de allí.
Hablaban de todo, como en todas ocasiones similares, pero sus palabras eran más
bien pocas; pues bailaban. Bailaban el peor Vals que jamás se pueda uno
imaginar y, sin embargo, su danza continuaba impasible y ellos inmunes a la vergüenza
ante la muchedumbre que les rodeaba.
Ella era hermosa, como no se ha
visto igual, y también él era hermoso, pero no como ella, pues como se ha
dicho, jamás se vio igual. Sus almas habían encontrado una conexión. Una
conexión que suponía el orden del caos claramente reflejado en sus pies al
bailar, encajando como piezas de un puzle: igualmente mal, así nunca se pisaron.
De tal forma ocurría con sus mentes, todo encajaba: era perfecto, como no se ha
visto igual mujer, como no se ha visto igual local.
Sus corazones, sincronizados,
entendieron que era el momento de salir, pero fue el brazo de él el que
suavemente agarró el de ella y la arrastró con dulzura a la calle. Abrigados
frente al frío de la noche berlinesa se abrazaron en la puerta de aquel bar que años antes los presentó. Y se
besaron. Y jamás se vio beso igual.
De la mano comenzaron su paseo, y
continuaron hablando de todo, esta vez con muchas palabras. Él tenía únicamente
ojos para ella, y en ella ocurría exactamente igual con él, la gran puerta de Brandemburgo
se convertía en un objeto invisible para ellos, encandilados ambos por el
brillo del otro. Continuó así el camino durante largo rato, y ninguno de ellos
se percataba de que sin darse cuenta, se hacían tan invisibles como para ellos
era todo lo demás. Cruzaban por un puente el río
cuando ella lo agarró fuerte del brazo, con la misma fuerza con la que se
aferraban sus corazones, lo miró a los ojos y lo vio allí, resplandeciendo como
el sol y sin que nadie más pudiera verlo, pronunció unas palabras y se
fundieron en un beso sin final. Jamás se les volvió a ver, de la misma forma
que jamás se vio amor igual.
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