El brillo de
la luz era intenso en la habitación. Golpeaba su pómulo derecho y rebotaba en
todas las direcciones, contra cada muro, hasta llegar al espejo. Todo parecía
un círculo sin final. Tenía la cara grasienta; eso le disgustaba. Decidió que
tenía cosas más importantes en las que pensar que en el brillo de su pómulo y
entonces reparó en que tenía unas ojeras tan oscuras que no contrastaban apenas
con las cejas, colocadas simétricamente justo al otro lado de los ojos. Pero
volvió a sentirse estúpido, había cosas más importantes en las que pensar. La
puerta se abrió con un fuerte golpe, y un tipo enjuto, con una barba perfectamente
recortada y una barriga prominente que destacaba sobre sus delgadas piernas, se
introdujo rápidamente en la sala. Sonreía. Nada en el mundo le dolía más que
ver a aquel hombre sonreír en ese momento. Pero decidió aguantar la compostura
mientras su reciente compañía luchaba con su barriga para sentarse junto a la
mesa.
-¿¡Cómo está mi cuñado!?-
No hay comentarios:
Publicar un comentario