Así, como quien no
quiere la cosa, me adentré en ese callejón. Les decía antes, un resfriado
taponaba mi nariz, así que no recuerdo a que olía. Pero sería capaz de jurar
que apestaba. ¿Se imaginan? Una calle atestada de recuerdos oscuros: algunos en
los balcones, colgando como floreros de las barandillas; otros adelantándome
silenciosamente, golpeándome con el hombro; también los había que se asomaban
desde las pequeñas ventanas, y yo sabía que estaban ahí, pero no me daban
miedo, la abertura era pequeña, no podrían salir. Pero por mis cojones que no
me cogerían si lo hacían.
Yo caminaba, sin
embargo. Caminaba escondiendo la cabeza hasta la nariz entre las solapas de mi
tres cuartos. Aunque no hacía frio. Tenía los pelos de punta. Recuerdo
brillantes recuerdos precipitándose al vacío, que paradójicamente acababan en
el suelo, junto a mis pies. Algunos bajo ellos. Siempre se van los mejores,
pensé. Y entre tanto buscaba una salida, pero no la veía, por los dedos con que
escribo que en ese túnel no se atisbaba luz… En cualquier caso, el final ya lo
conocen. No les quito mas tiempo.
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