En
la ventana se oía el repiquetear de las gotas de la lluvia, que se agarraban al
cristal sin poder evitar su destino. Disolverse, caer, morir. Hacer del
alfeizar su cuneta. Ella no lloraba, pero mas le habría valido hacerlo. En su
pecho aún dolía la falta de sol, de calor.
Y eso que había alimentado la chimenea con sus últimos poemas. Todos sus
poemas. Ya no había un lugar para ellos. No había un lugar para las palabras,
para la magia. Echaba de menos el viento contra su cara, tirando de su pelo. La
brisa. Ella seguía viva pero la vida se escapaba, era el final de aquella
relación en la que uno no pudo aguantar mas, porque lo había dado todo. Ella
lloraba ahora, lo sabía, nunca reparó en que lo bueno y lo malo no eran lo
mismo para los dos. Nunca volvería a escuchar el canto del jilguero, ni disfrutaría la sombra de ninguna vieja encina. Era el final, por la muerte de él, y por esta, la muerte de
ella. Allí donde habría de haber pisado, con mimo y agradecimiento, había pisoteado. En su pecho el corazón latía, pero la música en su vida había dejado de
sonar.
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