De vez en cuando me gusta preguntarme cómo hemos llegado a esto. Qué extraño impulso nos ha alejado tanto de aquellos árboles por los que hace miles de años trepábamos. Qué estúpido pensamiento nos hace creer que vivimos sanos en ciudades techadas con su propia nube de gas.
También pienso en el futuro. Y a veces veo un enorme muro que nosotros mismos construimos, sin reparar en que llegará un momento, en el que no nos permitirá pasar. Un momento en el que serán nuestras propias acciones las que nos cierren el camino hacia adelante.
A veces tengo la sensación de que la luz cada vez ilumina menos colores. Y a la vez perdemos también nosotros nuestro colorido. Nos volvemos grises y olvidamos que hubo un día en el que no todo lo que nos rodeaba era gris. Pero todos estamos ocupados en vivir, en planear nuestro futuro, en ganar un dinero con el que mantendremos a nuestros hijos, y será en ese preciso instante cuando reparemos en cuál será el mundo que les dejaremos. Pero será tarde. Ya no habrá tiempo para destruir el muro y nuestro gris pasado nos aplastará contra él cómo las olas rompen contra las rocas. Habremos pensado tarde, y todo aquello por lo que luchamos en nuestra vida, todos los cimientos que construimos para nuestros hijos no soportarán la embestida.
Pero también me gusta pensar que ese momento aún no ha llegado, que aún estamos a tiempo de que todo cambie, que aún podemos tirar abajo el muro. Me gusta pensar que aún podemos redimirnos, que aún tenemos tiempo de pintar el mundo que dejaremos a nuestros hijos.
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