A fuera aún
llovía. Seis largos días en aquella casa de madera, seis días lloviendo. No
dejo de hacerlo ni un segundo y jamás pareció que amainara. Cada día se le hacía
más duro dormir, no había hecho otra cosa que esperar, ciento cuarenta y cuatro horas esperando a que algo pasara, a que
alguien llegara, a que cesase la lluvia. Pero no ocurría nada de eso.
No sabía quién o quienes, pero
sabía que le buscaban sin tener muy claro el por qué. Recordó el día de su
huida en que Joe, su ayudante, entró al despacho con la cara descompuesta y la
frente empapada en sudor y le dijo que estaba en peligro. Lo hizo subir a un
Cadillac negro y le aseguró que lo llevarían a un lugar seguro.
Aquella casa era ese lugar
seguro. Se sentía rabioso e impotente, el pueblo que lo había elegido alcalde
no lo hizo para que huyera como una rata. En cuanto Joe volviese se encargaría
de que lo sacasen de allí, iba a plantar cara a cualquier gánster que se
atreviese a desafiarle. La pareció ver un destello de sol por la ventana y se
acercó para intentar pronosticar el fin de la lluvia, pero lo que vio fue un
vehículo del cual bajó Joe. Sonrió. Por fin noticias.
—Señor. Su hija ha muerto. —
Genial. Como siempre. De estos micro relatos nacen los grandes guiones para pequeños cortometrajes. No digo nada más, y te lo digo todo.
ResponderEliminar