Llorando se despertó, sabiendo
que llorando se dormiría. Sabiendo que se dormiría en un silencioso llanto de
sutiles lágrimas de aire. Un llanto expresado por una cara que no expresa nada.
No sabía siquiera su propio nombre, no le importaba, no pensaba, no hablaba ni
era hablada. No necesitaba pensar. Pensar –pensó—eso era una actividad de
gente, y ella no era gente; ni era, ni es, ni será. Pensó en el nombre que no
tenía. Dejó de pensar, y tras darse cuenta de que había pensado, continuó su
llanto sin lágrimas ni muecas. Y se durmió.
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