¿Smirnoff caballero?
Estiré mi mano y alcancé la botella de Vodka marca “Smirnoff”. Quité el tapón, lo lancé para encestar en la papelera unos metros más allá y empiné el codo para echar un largo trago. Bajé el brazo y miré hacia el suelo, el pequeño tapón rojo venía rodando hacia mis pies, erré el tiro. Me senté de nuevo en el banco y cerré los ojos mientras echaba la cabeza hacia atrás. Respiré hondo para relajarme y me mantuve así unos segundos. Cuando abrí los ojos vi que dos tipos acababan de sentarse en el banco de enfrente, a unos diez metros de mí.
Uno era moreno y de mediana estatura, guaperas y con pintas de chulo; el otro era rubio mas bien alto, un poco gordo y con cara de mamón. Me levanté muy despacio del banco y cogí mi botella de Vodka sin tapón, apuré los últimos sorbos y me dirigí hacia ellos botella en mano. Llegué lo suficientemente cerca para que adivinaran que iba a dirigirme a ellos y les pregunté si llevaban papel. El de las pintas de chulo me miró y me soltó suavemente un “no tío”. Me guiñó un ojo. Dejé caer la botella de “Smirnoff” con intencionado estrépito y repetí mi pregunta, pero esta vez en un tono de voz mucho más fuerte. Todo el mundo que se encontraba en aquel parque giró la cabeza hacia la escena del banco. El de la cara de mamón se levantó y me gritó que me fuera a la mierda, que ya me habían dicho que no. Le metí tal clase de puñetazo que perdió el equilibrio y tropezándose cayó de espaldas tras el banco. El de la cara de chulo se levantó y se dispuso a golpearme, pero le enseñé una navaja de quince centímetros que aparentemente le hizo cambiar de idea; se echó un paso atrás hasta topar con el banco y me empezó a decir que me tranquilizara, que no era para tanto el problema. Lancé un navajazo hacia su pecho y dejé caer el arma al suelo. Me miré la camiseta y la descubrí absolutamente roja. En ese momento se levantaba el gordo dibujando con sus movimientos una escena de pánico absoluto. Se oían gritos de miedo, rabia, impotencia e incluso se veían algunos entretenidos espectadores. Algunas personas salían corriendo del parque dejando todo su material del “botellón”. Cogí la mitad superior de la partida botella de Vodka “Smirnoff” y antes de que el de la cara de mamón pudiera reaccionar, calló al suelo con la cabeza bañada en rojo.
Todavía había mucha gente en el parque y me giré para empezar a hablar a gritos:
—¡¡Pero qué gente de mierda sois!!¡¿Sois capaces de ver como un maldito loco se carga a dos tíos a base de golpes por un capricho?! ¿Puede alguien decirme a que clase de escoria pertenecéis? ¿Cuántos habéis llamado al menos a las siempre efectivas autoridades? ¿Dos, tres? ¡¿Cuántos habéis tenido cojones a intervenir?!—Paré un instante y continué más suave—Mejor aún, ¿cuántos os habéis entretenido con la injusta pelea? Esta es la sociedad que se ve hoy en día, una sociedad cuyo retrato es un contenedor de basura que rebosa de mierda. Una sociedad de ratas, a las cuales pido perdón por dejarlas a tan bajo nivel. ¿Alguien ve justo lo que acaba de ocurrir? ¿Eh? ¡¿Alguien lo ve justo?!—Hice una pausa mientras pasaba la mirada por encima de la muchedumbre y me agaché para recoger la navaja. Proseguí con voz tranquila mientras la plegaba, con voz de psicópata. — ¿Qué ocurriría si me da por matar a este palomo?—el nombrado palomo se cagó en los pantalones al ver mi dedo señalándole—Tú, tú y tú solamente correríais asustados. ¡¡En vez de jugárosla por vuestro colega, joder, sois cuatro y yo sólo uno!! ¡¡Uno se lleva un navajazo pero yo me voy a la mierda!!—Volví a relajarme y comencé a gesticular de forma que pareciera loco de remate— Venderíais a vuestra abuela a cambio de vuestra vida sin ni siquiera pararos a pensar, con el razonamiento lógico de que habéis vivido menos. ¡¡Y qué cojones importa lo larga que sea vuestra vida si sólo va a ser la vida de una mierda que corre hacia adelante con los ojos cerrados!!—Tomé aire. — Sois capaces de estar sentados en el sillón, mirando la tele y sacándoos pelusilla del ombligo, con los santos cojones de salir a escupir por el balcón y mirar al mendigo de la esquina como si de una estatua inerte se tratara. ¿Ese mendigo vale menos que tú porque es más viejo, más feo o más pobre que tú? A ese, lo venderías antes que a tu abuela, y sin razonamientos lógicos. —Me encendí un cigarro y escupí el humo a la muchedumbre— ¿A cuánta gente tienen que cargarse en vuestra cara para que por fin veáis algo? ¿Cuántos niños tienen que morir para que veáis que esto no va bien? ¿Cómo de cerca tiene que estallar una guerra para que empecéis a ver que también os puede tocar a vosotros? ¿Cuánto tiene que durar el teatro para que veáis que estos bonitos días quedan cubiertos por un gran muro?—me giré y miré a la pareja ensangrentada y aparentemente muerta del banco—Eh, chavales, vámonos.
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